LA EDAD MEDIA DESDE UNA PERSPECTIVA HISTORIOGRÁFICA: PROCESOS, RUPTURAS, CONTINUIDADES Y TEMPORALIDADES
Las luces de la Edad
Media
El concepto de Edad Media fue acuñado en el período del
Renacimiento para dar cuenta de una etapa decadencia artística y política
comparado con el floreciente y autoproclamado Humanismo de la época. Uno de los
primeros personajes que lo utilizó fue Giorgio Vassari (1511-1574). Pintor,
arquitecto e historiador del arte (si se permite cierto anacronismo), Vassari
escribió un compendio biográfico y anecdótico llamado “Las vidas de los más
excelentes pintores, escultores y arquitectos” en el cual usa “Edad Media” para
referirse a los años que transcurrieron entre la caída del Imperio Romano de
Occidente en 476 y la conquista de América en 1492. Luego, en el siglo XVIII,
los revolucionarios franceses que luchaban por derrocar al “Antiguo Régimen”
reforzaron esta idea asociando al período medieval los poderes conservadores y
eclesiásticos. Así, la Edad Media quedó eternizada en una fotografía que
reflejaba un período oscuro gobernado por la ignorancia, las enfermedades y las
supersticiones. De este modo se pretendió lograr, historiográficamente, un doble objetivo
de proclamarse sucesores de la civilización grecorromana durante el período
renacentista y etiquetar peyorativamente a un régimen que se pretendía
aniquilar en el siglo XVIII.
Sin embargo, aquella conceptualización del medioevo será
duramente atacada.
Rupturas y
continuidades
Henry Pirenne, historiador medievalista belga, cayó
prisionero de los alemanes en la Primera Guerra Mundial. En ese contexto de
reclusión, Pirenne se distraía dando clases de historia a oficiales zaristas y,
a su vez, aprendiendo ruso. En ese intercambio, el historiador nota una grosera
diferencia de percepción de la caída de la dignidad imperial romana occidental,
del fin del imperio romano oriental y en definitiva, del conjunto temporal al
que se acostumbra a llamar “Edad Media”.
Desde una perspectiva historiográfica, hasta principios del Siglo
XX era mayoritaria la consideración de que la Edad Media implicó una ruptura
con el Mundo Antiguo y con el Renacimiento. O sea que los factores de ruptura
de las condiciones de existencia de las poblaciones y poderes implicadas en
estos procesos históricos eran el principal objeto de investigación. Sin
embargo, Pirenne reconoció un factor distinto en el ideario de los oficiales
zaristas. Ellos le manifestaban que no observaban una ruptura ya que el Imperio
Ruso se consideraba heredero de Constantinopla. Esta consideración dio el pie a
Pirenne para lanzarse a estudiar los factores de continuidad entre la
antigüedad y el período medieval. Esto, igualmente, no anulaba las
observaciones sobre las rupturas sino que las reubicaba en otras áreas. Por ejemplo,
consideró que el mundo antiguo no se termina “sólamente” porque cae el Imperio
romano de Occidente ya que el Imperio de Oriente se mantuvo firme hasta el
siglo XV, sino que la antigüedad, según él, se extinguió por factores
económicos cuando se dislocó la unidad del mediterráneo con el advenimiento del
Islam. De modo que el año 476, fecha tradicional de quiebre de la Antigüedad y
comienzo de la Edad Media se mueve, al menos, hasta el 711, año en que los
Musulmanes entran a la penínisula ibérica.
De esta manera, el autor belga abre una brecha
historiográfica desde la cual comienza a acuñarse el concepto de “antigüedad
tardía” para dar cuenta del período de transición que va desde la crisis del
siglo III hasta el advenimiento del Islam y el Imperio Carolingio, y además
abre el panorama historiográfico al prestar atención a factores que no fueron
tenidos en cuenta abonando así una posición polisémica en el análisis del
período.
Las dimensiones
temporales
Estudiar y ejercer la profesión de historiador no es
sencillo. En el gran universo de la cotidianeidad abundan quienes juegan a ser
sociólogos, antropólogos o historiadores. Quizás es porque pareciera sencillo
hacerlo, por la tan mentada “libertad de opinión” o por la impunidad que da el
anonimato a través de las redes (anti) sociales. ¿Qué pasaría si, por ejemplo,
alguien ejerciera la profesión de arquitecto sin ser arquitecto o simplemente
opinara sobre las cargas de concreto que debería tener un edificio de 15
pisos?. Ponga usted la profesión que quiera en lugar de arquitecto…
Hace mucho tiempo, un tal Platón acuñó dos conceptos: Doxa y
Episteme. La palabra Doxa refiere a las opiniones vertidas sobre un tema,
mientras que, por el contrario nomina al conocimiento científico como Episteme.
Así, en la filosofía clásica ya quedaba diferenciada la ciencia de la mera
opinión cotidiana.
La historia, como otras disciplinas sociales tiene el
carácter de ciencia. Partiendo de este axioma, para ejercer el análisis
histórico es necesario seguir ciertas pautas rigurosas. Una de ellas es la
ubicación temporal de lo que se pretende analizar. De esta manera, se pueden
identificar al menos 3 secuencias temporales que deben tenerse en cuenta: la
temporalidad del acontecimiento o proceso, la temporalidad historiográfico-epistemológica
y el momento en que el autor escribe su ejercicio analítico. Luego de esta
deconstrucción, se debe reconstruir el corpus de modo que las tres
temporalidades queden intercaladas una a la otra. En el caso puntual de
Pirenne, está analizando la antigüedad tardía (acontecimiento o proceso), a
través de una determinada tradición historiográfica, en el contexto de la
Primera Guerra Mundial.
Lo explicado en el párrafo anterior sirve para clarificar el
“nacimiento” del concepto de Edad Media. De esta manera queda aún más expuesta
la dimensión etimológica.
Despedazado por mil
partes
En el análisis histórico hay una matriz (entre muchas otras)
que se repitió con frecuencia en diversos tiempos, geografías y poblaciones.
Cuando una estructura de gobierno más o menos centralizada, cuyo control de
territorio es efectivo y expansivo cae o se debilita, brota una variedad de
micropoderes regionales los cuales se fortalecen sin esa centralidad que los
subsume. A grosso modo, esto fue lo que sucedió en el periodo que va desde la
Crisis del Siglo III hasta el surgimiento de otro poder central como el Imperio
Carolingio, en el siglo VIII.
La desaparición de un poder central, con una estructura
burocrática aceitada, se deja ver a través del flujo de fuentes documentales
con las que el historiador dispone para analizar. Así sucedió luego del 476. A
partir de esta fecha, los documentos disponibles son escasos o nulos: el
historiador se enfrenta a un apagón documental, lo cual lo obliga a echar mano
a otras disciplinas que podrían ayudarlo en su peregrinar, como por ejemplo la
arqueología, la edafología o la hagiografía.
En el período antes descripto se produce, entonces, una
fragmentación de los centros de poder, lo cual acarrea también una serie de
cambios en las relaciones y estructuras sociales. En lo económico se produce
una gradual transición de un modo de producción esclavista a uno feudal. Este
factor es el núcleo de variadas investigaciones de historiadores como Perry
Anderson, Pierre Bonnasie o Cris Wickham. En cuanto al individuo, éste pasa de
ser ciudadano romano a vasallo de algún señor. Por último, la Iglesia Católica
se posiciona indiscutidamente como referente cultural e ideológico.
En cuanto a la consideración de la fragmentación y
observando el amplio mapa de Europa es necesario sumar otro factor que fue
brevemente mencionado en líneas anteriores: el advenimiento del Islam. La
conquista islámica del corredor sirio palestino, el norte de África y de la
península ibérica viene a sumar otra cuestión disruptiva en la continuidad
territorial, económica y política de la región. Esta cuestión va a desembocar
en lo que se llamó “Las Cruzadas”: una serie de campañas militares destinadas a
“reconquistar Tierra Santa” y unificar los territorios intermedios.
La Iglesia: de lo
horizontal a lo vertical
La institución eclesiástica fue variando su matriz
organizacional durante el período comprendido entre en Edicto de Milán de 313 y
el jubileo del Papa Bonifacio VIII. Para
que esta institución conforme aquella estructura piramidal y monolítica
proyectada en el imaginario colectivo como eterna tuvieron que darse varios
cambios en un proceso de larga duración.
Para comenzar, debe recordarse la forma de difusión del
cristianismo. Desde la prédica de Jesús de Nazaret y la primera generación
misional, la estructura se configuró necesariamente bajo una clara dispersión,
ya que el mensaje que se difunde no se realiza de manera orgánica debido a que en
este período no existe organización alguna. Por lo tanto, la interpretación del
mensaje difundido por predicadores de distintas extracciones y los variados
receptores hace que el mismo no sea uniforme.
En segundo lugar, el cristianismo se difundió con un sentido
este-oeste siguiendo la red urbana. Y considerando la lógica de discontinuidad
que prima en el período medieval, se fortalece esa idea de dispersión.
El próximo ítem que es menester analizar es la fuente de la
autoridad de la iglesia y particularmente, del obispo. A partir de la
desaparición de la estructura burocrática imperial, los miembros de las
comunidades se volcaron naturalmente al obispo a ante la falta de esa
estructura. Es necesario destacar que la iglesia no “se apodera del poder” sino
que se está depositando en el episcopado determinadas funciones que antes
realizaban los funcionarios romanos. El obispo, al mismo tiempo, era elegido
dentro de la comunidad eclesiástica. De todas maneras, el obispo no era el
depositario de todas las responsabilidades: el abanico aquí se abre hacia los
“hombres de iglesia”, es decir, a cualquier sujeto relacionado con la comunidad
episcopal. Otro factor de poder es la monopolización de la cultura escrita: en
las órdenes episcopales va a quedar concentrada la posibilidad de producción
documental. En resumen, en este período de surgimiento de poderes locales se
está hablando de un liderazgo de tipo carismático.
Ahora bien, el Edicto de Milán, mencionado como el inicio
del proceso de centralización de la iglesia es, al mismo tiempo, un punto final
de un proceso de enfrentamiento del poder imperial contra la difusión del
mensaje cristiano. Esta etapa de enfrentamiento comienza en el siglo I d.c. y
se clausura con la llegada al poder de Constantino en el siglo IV. A partir de
Milán, el cristianismo va a coexistir con los otros cultos oficiales o
permitidos. Como consecuencia de esto, el emperador Constantino se pone a la
cabeza de las comunidades eclesiásticas cristianas.
Otro hito importante dentro de esta secuencia de
centralización es el Edicto Tesalónica de Teodosio, del año 380, por medio del
cual el cristianismo se convierte en la religión exclusiva y excluyente del
imperio.
Mientras tanto, en la parte oriental del
imperio, la autoridad del emperador sobre la iglesia jamás fue cuestionada. La
mayoría de las ciudades quedaron del lado bizantino, mientras que en occidente
se encuentran, luego del siglo V, unas dos o tres ciudades de importancia:
Roma, Cartago y Marsella. Y como se había mencionado al cristianismo como
fenómeno urbano, la gravitación que tenga un obispo de una ciudad de oriente no
será la misma que la de una ciudad o poblado occidental. Pero paradójicamente,
lo que sucede con el obispado de Roma es que tiene muy lejanas las poblaciones
donde podría influir y al mismo tiempo no tiene competidores.
La última secuencia en este proceso de verticalización se da
cuando el obispo de Roma interfiere en la disputa entre los carolingios y los
merovingios coronando a Carlomagno como emperador. A cambio Carlomagno le da al
obispo de Roma el llamado “Patrimonio de San Pedro”. Pero en esta disputa
simbólica (y no tanto) de quién es súbdito de quién, el obispado de Roma
intentó desactivar esa cesión de patrimonio que la ataría con algún tipo de
responsabilidad a Carlomagno. Así, presentaron un documento que recién en el
siglo XV se descubriría que es apócrifo, el llamado Donatio Constantini, por
medio del cual reclamaba como propios todos los territorios imperiales
occidentales basado en una presunta donación realizada por el emperador
Constantino.
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